Durante
los últimos meses he tratado de imaginarme la respuesta. Cualquier persona se
conmueve con las historias que cuenta el cine y la literatura sobre el
Holocausto, sobre la Guerra Civil Española, sobre las dictaduras en
Latinoamérica. Cualquier mexicano siente abierta la herida del 68. Seguramente
nadie de quienes están leyendo ahora,
fue testigo de esas atrocidades, la
mayoría de nosotros ni siquiera habíamos nacido y, sin embargo, nos hemos conmovido
con algo que nos parecía lejano e irrepetible y hemos lamentado que no se
hubieran evitado ¡tanta sangre, tanta crueldad, tanta injusticia!, ¡tantos
zapatos sin dueño en una plaza!, ¡tanta impunidad que se llevaron los responsables
hasta su tumba! ¿Lejano e irrepetible?... No.
Un día nos dimos cuenta de que el horror se estaba volviendo a
contar. ¿Qué podemos hacer nosotros?Hay quienes dicen que el único cambio posible
viene de la individualidad; afirman y subrayan que la educación en el respeto
desde casa es la única solución para cambiar este estado de cosas. Concuerdo,
siempre y cuando esa educación se piense más allá del nivel superficial del “no
agarres lo que no es tuyo”, “no le pegues a tu hermano”, “no te dejes pegar”,
“no digas mentiras”. Todos sabemos que se educa con el ejemplo más que con las
palabras ¿Qué pasará si decimos estas cosas a los niños y ellos ven que cuando han
golpeado a alguien, cuando lo han despojado de su tierra, cuando le han quitado
un hijo, cuando le han quitado ¡la libertad o la vida!, los adultos no dicen
“No”?
Si la oposición no es a todas las mentiras, a todos los abusos, a
todas las injusticias, yo no creo que la educación de la palabra llegue a
mucho. ¿Qué vamos a hacer nosotros, los que estamos viviendo en este momento al
que Edgardo Buscaglia llama el más oscuro de la historia de México? Hay quienes
hemos salido indignados a la calle a decir “No”. Nos oponemos a este estado de
cosas donde la verdad se esconde y la justicia se aplaza con toda clase de
pretextos, o se negocia en las curules en términos de costos políticos y
conveniencias económicas de unos pocos.
¿Qué van a decir los libros de Historia de México que los niños de
primaria leerán en diez, quince, veinte años?, ¿habrá un capítulo dedicado a
las reformas del 2014, “El mexican moment”
que nos llevó a la cima de la estabilidad, la bonanza, la equidad y el
bienestar social? ¿Cómo va a contarse la historia del paro del Politécnico
Nacional, la historia de las normales rurales? ¿Dónde se va a contar la historia
de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa y la de sus padres que cruzaron el país,
encontrando a su paso un número escalofriante de fosas que nadie había visto
antes?
Nací en un país precioso y terrible. Desde que tengo memoria, nunca
me han faltado razones para amarlo, tampoco para dolerme de él. Pero, en los
últimos dos meses, no ha habido día que no
sienta que vivo en un espeluznante déjà vu de
algo que no viví, sino que leí en los libros (no los de la escuela), vi en las
películas (las que estuvieron censuradas durante años) y escuché de las voces
que contaron sobre la policía y el ejército en las universidades, de presos
políticos y crímenes de Estado.
¿Qué vamos a hacer?‘La casa blanca’ puede convertirse en una
anécdota grotesca, o transformarse en lo
que nos acabó por convencer de que el ciudadano que quiere un mejor país:
separa la basura, no da ‘mordidas’ -¡claro!- pero, también vigila y pide
cuentas. Iguala puede ser otra tragedia nacional como Acteal, como Atenco, como
Tlatelolco, o puede ser el punto en que estuvimos dispuestos a que nunca más se
contara el horror en México.¿Quién va a contar la Historia?
Sandra
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